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La procesión en la que se venera al chato y al limón

Miles de personas disfrutan del desfile del Bando de la Huerta, que este año amplió su recorrido y partió de la calle Mozart para que más gente lo viera

Un artículo de Ana Lucas

Cuando a alguien (o a algo) se le hace un desfile, siempre es por algo especial. En este caso, el desfile se hace al origen, a las raíces, a la esencia, al fin y al cabo. A una esencia que, sin embargo, no se perdió nunca. Porque cada año, y cada vez más, murcianos y visitantes se empeñan en que el alma de la huerta siga viva, y siga estando de moda.
El Bando de la Huerta es una especie de procesión pagana en la que se venera a la panocha, al gusano de seda y a la esparteña. Se les venera de una forma especial, murcianica, no como si fueran dioses, sino como lo que son: esencia añeja de una tierra que no se olvida de sí misma y que, cada año (y este, con un sol deslumbrante), saca a la calle a sus ancestros. En esta procesión no se cantan saetas: se bailan jotas.

Abrían el cortejo gusanos de seda con piernas, esto es, cabezudos como los que tradicionalmente van en la cabecera del Entierro de la Sardina. Tambien había güertanicas y güertanicos cabezudos, que ponía el toque de humor a la cabecera del evento.

El desfile partía de una vía con un nombre muy musical: la calle Mozart. Aunque lo que ayer se escuchaban no eran precisamente sinfonías u óperas: eran jotas de las de toda la vida, de las que se llevan escuchando en las peñas y en las barracas desde que la huerta es huerta. La de «por dónde vas a misa que no te veo», la de «ya llegó la despedida».

Tras los cabezudos, recorrieron el cortejo niños y mayores ataviados como lecheros antiguos. Iban en bicicleta, con sus vasijas para repartir la leche para los hogares huertanos.

Señoras con abanicos («para la calor, hija mía, cómo está pegando hoy, la Virgen») y la primera carroza, una con una enorme panocha. Después, caballos y caballeros. Y carros, y burros. Animales de labranza característicos de la huerta que, como cada año, tienen su hueco en el desfile. Incluso lo tienen los bueyes, que este año se portaron bien y no dieron ningún susto al público, como en anteriores ediciones.

«¿Te acuerdas de las canastas de esparto que había antes? Pues mira», comentaba un señor a otro, señalando una de las plataformas. Y es que desfilaron canastas, y ‘tenajas’ enormes, y también señoras que bordaban subidas en la carroza, y un hombre que, micro en mano, lanzaba un alegato en panocho. Pasó, así, la carroza de las bolilleras de Murcia, la de la Fiesta de la Vendimia y la de ña Casa-Museo del Labrador, llegada de Roldán (Torre Pacheco).

Molinos y norias
Del mismo municipio se desplazaron los miembros de la Asociación Molinos de Viento, que abrían paso a las carrozas con flores de cartón piedra que más se parecían a las que el sábado desfilarán, cortejando a la Sardina, por las calles de la capital.

Paula Gómez Sandoval, de la peña El Zaragüel, y Ana María Gálvez Palomares, de La Bardiza, se alzaban este año con la corona de azahar de Reinas de la Huerta. Uno de los puntos álgidos de su reinado fue ayer, subidas en esas carrozas de flores de purpurina y saludando al respetable. El sol salpicaba sus refajos de gala y los hacía brillar más todavía.
Naranjas, limones y longanizas convivían en un desfile en el que agentes de la Policía Local se dejaron la piel para proteger a la gente. Eso implica vigilar los pasos y evitar que el respetable cruce, de acera a acera, mientras el desfile está en marcha.

Y en marcha están los oficios ancestrales (como el que implica la matanza del chato murciano) y están también las localidades que no son Murcia, pero son huertana. Así, destacó Jumilla y su vino, y hasta la tradicional iglesia de Yecla (con su cúpula azul y blanca) se subió a una carroza.

Norias de agua convertidas en carroza, o carrozas que son norias, fueron contempladas y fotografiadas por las miles de personas que vieron el desfile, muchas de ellas con sillas que se bajaron de casa o cogieron de los bares.

Todo había comenzado, no obstante, horas antes. A la una y media de la tarde tuvo lugar la ‘tronaera’ en la avenida Teniente Flomesta. Fueron cinco minutos de explosiones aéreas y efectos sonoros de sirenas, mientras que la iluminación corría a cargo de un humo de colores. La huerta sonríe a su Murcia. Y viceversa.

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