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Bando de la Huerta | Alegoría de las edades del hombre en el jardín de las delicias murciano

Los más pequeños de la casa viven el día en silleta y zaragüeles, los jóvenes disfrutan de su propio ‘Esplendor en la hierba’ y los más veteranos contemplan el paisaje, caminando o en las barracas

Un artículo de Ana Lucas

Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, reza el dicho popular. En este sentido, los parques y jardines del centro de Murcia se llenaron este martes de mucha verdad. Si el Bando de la Huerta fuera un cuadro, bien podría ser El Jardín de las Delicias, aquel tríptico en el que El Bosco representa primero el Génesis y luego el Paraíso bucólico sobre el césped, para desembocar en el inefable Averno. O bien podría ser aquel Alegoría de las tres edades de la vida, el óleo en el que Tiziano condensa la antropología básica. Porque, dependiendo de la edad, el día ‘güertano’ por excelencia se vive de una o de otra manera. Muy diferentes todas.

La primera edad, la infancia, la que en el cuadro de Tiziano está representada por un Cupido y dos niños dormidos, está en el Bando escenificada por pequeños que, aunque aún van en silleta, ya llevan los zaragüeles puestos. Es el triunfo de la tradición, de la herencia familiar, de lo que algunos, como Carmen, llaman ‘murcianía’. «Va a cumplir año y medio y nos hacía ilusión vestirlo de huertano», explica sobre su nieto, Diego. El pequeño, ajeno al día grande, dormita en su carricoche.

Ambiente familiar muy alejado del tristemente habitual de gente ebria tirada en el parque. Es lo que, desde primera hora, primaba en los jardines más céntricos de Murcia. Parece que aquella imagen de jóvenes tirados en la hierba bebiendo cubatas había pasado a la historia, al menos en La Pólvora, La Seda, el Fofó o la Plaza del Rocío.
La presencia de hinchables y atracciones de feria, que hace unos días se colocaban, contribuyó en buena parte a esto. Los citados jardines, hace años territorio joven, fueron tomados esta vez por familias. También se veían algunas cuadrillas de huertano, pero que disfrutaban de un ágape sobre el césped.

El éxtasis de la juventud
La segunda edad, la de la juventud, la que Tiziano plasma con dos jóvenes a punto de abrazarse, instaló su cuartel general en el jardín de la Constitución. La algarabía, el desfase o un Esplendor en la hierba muy peculiar. Porque, a apenas unos metros de donde unas chicas se hacían un selfie, otras chicas vomitaban.

En la Constitución se instalaron varios puestos donde los más jóvenes podían aquirir, por ejemplo, chapas de fondo blanco con el nombre del ser querido (I love Jorge, I love Marta, a elegir) y monos de peluche. Este último ‘souvenir’ del día fue de lo más codiciado, y no eran pocos los adolescentes que podían verse tumbados en el césped con un mono o dos en la tripa.
Por descontado, no implica la juventud sólo derroche y escándalo. Algunos optaron por la mesura y la barbacoa. Como hicieron el grupo formado por Marina, Mª José, Eduardo, José, Tamara, Daniela y Pedro (estos dos últimos, argentinos de cuna, aunque murcianicos de adopción). Instalaron sus mesas y sillas en el Fofó, junto al lago, «una zona muy tranquila para disfrutar en familia», explican. «Este año aún no he visto a ningún crío empinándose la botella de vodka a palo seco», comentaba Eduardo.

También jóvenes son los carnavaleros de Cabezo de Torres que unieron sus puertas para montar una carpa en la entrada del Fofó, donde comer, beber y disfrutar de buena música. Las peñas: Las de Pata Negra, Sageraos, Sementales, Marabukas, Sálvese quién pueda, Karraskalejas, Pasaos de Roska y Abstemios.

«El Bando de la Huerta no se tiene que conocer por ser un gran botelleo», alegaba en San Nicolás la joven Alma, que esperaba, sobre las diez de la mañana, a sus amigas frente a la iglesia para pasar «un día tranquilico», señalaba. Por el cielo, un helicóptero y tres aviones mellizos. «Vamos a ver si entre todos somos capaces de hacer un Bando modélico, que se conozca por lo bueno», insistía Alma. «Que el beber no os hace falta, criatura», le espetaba un hombre mayor, cayado huertano en mano, en la misma plaza.

La edad de oro
Mayor como el San Jerónimo que, volviendo a la pintura de Tiziano, simboliza la vejez. Cuando se pasa una edad, el Bando se vive de otra forma. «En familia, tranquilicos, con la ilusión de ver a los nietos y de hacerle el moño de picaporte a la nieta», cuenta Mª Ángeles, que es coqueta si se le pregunta por su edad, pero admite que ya cumplió los 60.

Parejas de mayores perfectamente vestidos con el atuendo típico paseaban de la mano desde primera hora por el centro de la ciudad. «Los viejos madrugamos más», cree Eusebio. Él no se ha vestido, pero se sienta desde primera hora en la plaza «para ver a los zagales pasar, que da gusto. Uno ya no está para esos trotes».

Mayores y activos se sentaban en la barraca de Las Tenajas, en Ronda Norte. «Tenemos reservado desde hace un montón de días, porque si no aquí no se puede sentar uno. Y en un día como hoy, hay que sentarse», argumenta Fuensanta, de 62 años. Ella tiene claro que su edad no la obliga a ser «una abuela». Y es que «las mayores también tenemos derecho a salir con las amigas, no vamos a estar cuidando críos todo el rato». Dicho y hecho. La mujer reservó para sus diez íntimas.

La guía de la Galería nacional de Escocia describe la Alegoría de las tres edades de la vida como «una meditación poética de lo fugaz del amor y la vida expuesto sobre un bucólico paisaje». Podría aplicarse igualmente al Bando. Es fugaz y, paradójicamente, eterno. Es amor y es vida. Y Murcia en sí, es el bucólico paisaje.

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