José Fuentes Yepes

10/07/2017

Un hombre bueno

Por Juan Bautista Sanz

Despedida a otro centenario republicano, «amigo de sus amigos, sin distinciones»; ejemplo «de diálogo y entereza; de reconciliación»

José Fuentes, en una foto reciente, sosteniendo la bandera republicana

En unos pocos días hemos perdido a don José Castaño y este domingo a don José Fuentes Yepes, dos centenarios republicanos; personas admirables y muy queridas por todos.

Y esto ocurre cuando todavía queda en pie, con sus tristes muros de piedra la cárcel vieja, testigo de sus sombras y sus penurias e injusticias. Un sol de brega parpadea a diario en las viejas y visibles, todavía, garitas de vigilancia.

Ayer despedimos a D. José Fuentes desde el silencio de saberlo en paz; nunca hubo un mal gesto para una vida dura que tuvo que soportar tras el final de la guerra civil.

Ni un reproche, fue un ejemplo de diálogo y entereza, de reconciliación. Militó en el socialismo con pasión desde el absoluto respeto a la democracia ganada por todos los españoles. Fue un hombre, sencillamente, bueno; amigo de sus amigos sin distinciones; de los hijos de sus amigos, como yo mismo. Yo le profesaba un cariño especial, familiar incluso.

Hace unas semanas me llamó a su casa para hacerme llegar un legado magnífico; los dos compartimos amistad con el pintor y crítico de cine Antonio Aguirre; don José y su hijo ponían en mis manos la correspondencia entre ambos.

Sus restos ya reposan en el Cementerio de La Alberca; pedanía en la que compartimos vecindad y una excepcional amistad.

Siempre atento, prestaba atención al mundo de la cultura, a mis escritos sobre el pintor Pontones exiliado en México; él prefirió el durísimo exilio interior sin apenas un guiño de rencor; palabra olvidada en su lenguaje, en su sentimiento, en su fraternidad de mano tendida.

El socialismo ha perdido a un gran hombre, de esos que son base de un ideario justo; nunca advenedizo. Ha muerto creyendo en lo mismo que defendió toda su vida; que en algunos aspectos hasta la contaba con algunas dosis de humor sorprendentes.

En el hall de su vivienda se adornaba con la bandera republicana; la tricolor que levanta los sentimientos guardados de tantos españoles que la defendieron y de aquellos otros que la desearíamos legalizada; no solo una referencia espiritual, sino afectiva y orgullosa. Recordar aquí al poeta Miguel Hernández, también víctima franquista, es algo que adorna la memoria de don José: «Tengo presente en la mañana tuya, y de los dos, tu ausencia, que me distrae el sabor de su belleza, intérprete hablador del mutismo polar de los azahares, antes; vagón de carne, ahora, bajo un túnel sin vía y sin salida».

Guardaré, junto a los suyos, la eterna emoción de haberle conocido y disfrutado tantos años; como un patrimonio espiritual de mi propia existencia. Hasta siempre, don José, se queda entre nosotros.

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