Juan Vicente Castejón

20/08/2017

El hombre del corazón de oro

Por Antonio Casado Mena

Hace ahora unos días falleció el cartagenero don Juan Vicente Castejón Andreu. Tenía 53 años. Aquí ha dejado una hija de 19 años, una mujer viuda y a la familia Casado Mena llorando por él.

Era un hombre sin estudios, apenas se le entendía al hablar, mal vestido, no galán por lo físico, pero conquistador por alma. Era amigo de sus amigos, noble, trabajador, honesto y honrado hasta decir basta. Su historia da testimonio de ello. Era la mano derecha de los gerentes del grupo Venus. Empezó a trabajar con ellos siendo un niño; de hecho, tendría unos 13 ó 14 años cuando se conocieron y comenzaron a poner sus vida en común. Este hombre, de corazón de oro, me enseñó a través de su ejemplo una de las lecciones más relevantes que he aprendido a lo largo de mi vida, la cual quiero compartir con ustedes por parecerme significativa en estos tiempos de deslealtad, de alta litigiosidad, de conflictos laborales, de derechos, de juicios y sentencias varias que padecemos.

‘Juanico’, como así le llamábamos los que le queríamos, simboliza el verdadero ejemplo del empleado fiel al que uno quiere como si fuera un hijo. Figura ésta hoy adulterada en medio mundo por la avaricia que proporciona el capitalismo salvaje, por las teorías liberales-económicas que tratan al empleado como un número y por las tesis marxistas-socialistas que consideran al empresario como un ogro opresor. Él era fiel a nosotros. Nunca nos reclamó una hora extra, ni nos exigió un día de vacaciones. A través de su lealtad pudo ocupar un puesto en la empresa y un rédito que seguramente por otros medios le habría sido difícil de conseguir. Sus jefes también fueron fieles a él y a los suyos hasta incluso después de su muerte. Nosotros le queríamos y cumplimos con nuestra obligación moral de cuidar esa bendita mano de obra, hasta después de su muerte.

‘Juanico’ no sabía de teorías económicas, ni de muchas otras cosas, aunque tenía una memoria privilegiada. Su única filosofía de vida era trabajar y trabajar. Por eso solía afirmar que el que no trabajaba era porque no quería. «Son todos muy señoritos», repetía. «Yo nunca, en la vida, jamás, he estado un solo día parado», añadía. Y así era. Él venía todos los días a la empresa, porque la sentía como suya. Le encantaba entrar y salir, porque Venus le daba vida y era su vida.

Su trabajo oficial era encargado de la mercantil Venus Extintores, revisaba material contra incendios y cobraba las facturas de los clientes; por las noches sacaba basuras en diferentes comunidades de propietarios, además vendía cartones, aluminio, papel, cobre, patatas y todo lo que pillaba por ahí que pudiera ayudarle a sacar un dinerillo extra.

‘Juanico’ siempre será un hombre muy querido por los que le conocíamos y yo siempre diré de él que nació para servir y no para servirse, lo que le hizo grande hasta la inmensidad. Cuanto mejor sería el mundo si todos fuéramos grandes como ‘Juanico’. Descansa en paz.

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