Juan Alvarado Verda

30/08/2017

Más de cuarenta años disparando pólvora en Sucina

Por JOSÉ ZAPATA MERCADER

Juan Alvarado empezó a ser cohetero por casualidad y, aunque en un principio no le gustó, acabó siendo su hobby

Una persona entrañable y siempre dispuesto a cualquier evento de su pueblo. Así se puede definir perfectamente a Juan Alvarado Verda, cohetero oficial de Sucina, quien murió el pasado martes con 78 años por muerte natural.

Llevaba 43 años disparando pólvora de manera oficial en la pedanía murciana. Se encargó de acaparar la atención de los asistentes de cientos de eventos de la localidad, a la que se entregó desde que llegó a ella hace 48 años.

Nació en Molina de Segura y llegó a Sucina en 1969 por un encargo de los dueños de Cañada Redonda que encomendaron a ‘El Tío Ricardo’ la búsqueda de una pareja sin hijos para trabajar en la finca como caseros. Los seleccionados para ocupar el puesto de trabajo fueron el difunto Juan Alvarado y su esposa.

Además de trabajar en el campo y tirar la pólvora en las fiestas y eventos de la localidad, durante treinta años vendió por las playas de la Región los higos de pala que recolectaba en los caseríos sucineros a los turistas madrileños y murcianos, algo muy de moda en los años setenta, sobre todo en las playas del Mar Menor.

Juan Alvarado siempre recordaba una anécdota que le ocurrió cuando se dedicaba también a la venta de higos de pala. Pasó toda una mañana huyendo de la Policía Local, ya que estos querían multarle e incautarle los higos. Al final no lo consiguieron y Alvarado pudo seguir vendiendo sus higos los años posteriores.

La mayoría de sus clientes les pedían los higos pelados y, aunque los limpiaba muy bien cuando los recolectaba, siempre quedaban pinchas. Él los pelaba encantado pero llegaba a su casa con todo el cuerpo lleno de incrustaciones que no podía quitar y que caían solas con el tiempo, al parecer su sistema inmunológico creó una fórmula de defensa y se familiarizó con ese nuevo invasor.

La pasión por la pólvora le vino por casualidad hace unos cuarenta y tres años cuando era pedáneo Pedro El Hornero. Como no había nadie que quisiera tirar los cohetes, se lo propusieron a él, y, aunque en un principio no le gustó mucho la idea, su entrega al pueblo le impidió negarse. Pese a su reticencia, pronto quedó atrapado por este hobby.

Ayer fue su entierro en Sucina, en el que la alcaldía de la pedanía y el domador de caballos Miguel le rindieron homenaje con lo que a él más le gustaba: dispararon una sarta de cohetes del número siete.

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