Sebastián Villa Pérez

03/09/2017

La vida a contracorriente

Por Fernando Fernández Villa

Vecino de Cieza, fue un valiente que se enfrentó a los convencionalismos en la dictadura franquista – Sebastián encontró un mecanismo de liberación durante la época de carnaval

Cuando Sebastián nació (23-12-1933), mi madre, con casi nueve años, ya formaba parte de ese ejército de niños que ayudaban a sostener las casas con cualquier tipo de trabajo. Mi abuela tuvo que sacar adelante a seis hijos (Antonia, Pascual, Pascuala, Lola, Sebastián, María y Pepe) y a un marido que llegó maltratado por la Guerra Civil, enfermo y malhumorado por la situación. Sebastián tuvo que abandonar el hogar familiar para entrar en una de las casas que, por entonces, ‘acogían’ a niños y jóvenes a cambio de que ayudaran en las tareas que les fueran encomendadas. Su adolescencia y juventud la vivió en la casa de la familia De Arce, en el camino de la Fuente. En realidad ha sido su domicilio durante más de dos tercios de su vida. Cuando murió su padre, tuvo que volver con su madre, mi abuela, a una casa barata que todavía conserva mi tía Lola. A mi abuela, ‘La Rojica’, la recuerdo sentada en una silla de anea haciendo lía de esparto para poder subsistir, para poder comer. Era muy pequeño y no era consciente de a qué se dedicaba, exactamente, mi tío.

Fue un día de carnaval, finales de los años 60, rondaba los 8 ó 9 años, cuando mis amigos y yo estábamos disfrazados de piratas, con espadas de madera hechas por nosotros, y la cara pintarrajeada con carbón, en el paseo de Cieza. De pronto, apareció un gentío y alguien comenzó a gritar: «¡la Sebastiana, la Sebastiana!». Todos comenzamos a correr para ver qué pasaba. Y entre el enjambre de personas y griteríos nos abrimos paso y allí le vi. Era mi tío, aquel que llamaba la atención de todo el que paseaba. Vestido de sevillana, estilizado y alegre, se desmarcaba de la concurrencia. Él o ella brillaba, sin oír o sin querer escuchar, las alabanzas y los halagos de unos, pero también las groserías, necedades y desatinos de otros. Mis ojos se clavaron en él. Tuve la sensación de sufrir una parálisis. No podía ser verdad lo que estaba viendo: mi tío disfrazado de mujer. No pude contener mi miedo, mi vergüenza, y salí corriendo para mi casa. Los oídos me estallaban, no podía suprimir las palabras que había oído, ¡maricón!, ¡vete a tomar por culo!, ¡hijo de puta! Camino de mi casa lloré.

A partir de ahí, mi tío fue el centro de mi atención y lo observé, como lo he observado durante toda su vida. Un día, cuando tenía unos diez años, mi madre, la Pascuala, entró llorando a la barbería de mi padre, Antoñín ‘El Fígaro’. Contó que la Guardia Civil había detenido a mi tío y se lo habían llevado a los calabozos. Así me enteré de que en varias ocasiones le habían dado sendas palizas por ‘maricón’. Con el paso de los años comprendí que había sido un valiente. La dictadura franquista castigaba la homosexualidad atrozmente, y la gente era muy bárbara con los homosexuales. En este sentido, mi tío se enfrentó a los convencionalismos de la época con lo que tenía: su propia vida y su forma de ser. Y, en esos tiempos, estaba solo en un pueblo adepto al régimen.

Sebastián encontró un mecanismo de liberación en el carnaval. Aprovechaba esos días para sentir, por unas horas, lo que le hubiera gustado ser durante todo el tiempo. Así, visitaba los carnavales de Cabezo de Torres o Águilas. Iba acompañado de algunos de sus amigos como ‘Sole’ de Espinardo que regentaba una peluquería, y que venía a la casa de mi abuela a recoger a mi tío. Nos enseñaba los últimos avances científicos para crecer los pechos. Yo era el chófer de mi tío cuando lo acercaba a Espinardo a visitar a ‘Sole’. Sebastián se agobiaba en Cieza. Supo mantener contactos fuera de nuestra localidad y salía a Valencia, Albacete, Madrid…

A finales de los 70 y principios de los 80 tuvo una relación muy buena con Pepico de las Cartas. Este le enseñó a mi tío a manejarse con el tarot y ahí comenzó una nueva etapa para Sebastián. Han sido miles las personas que han pasado por su domicilio y a las que ha echado las cartas, elaborado mejunjes, brebajes y pócimas para el mal de amores y otras pasiones. Nunca hizo publicidad. Solo el boca a oreja atrajo a personas de todos los lugares del país y también del extranjero. Recuerdo un día que fui a verlo y salían de la casa dos personas y una con acento francés le decía a la otra: «¿cómo lo ha sabido si yo soy francesa y no me conoce de nada?». Así era él: sorprendente.

A mediados de los ochenta tuvo un accidente de tráfico del que le quedaron secuelas en una pierna. Los últimos meses de su vida lo llevaba mi tío Pepe todos los días a curar la úlcera que tenía en ella. Durante seis meses estuvo viviendo en mi casa. Dormía en mi habitación y yo en una cama plegable en el salón comedor. Durante este tiempo, pude conocer más a mi tío. Me contaba anécdotas que le pasaban en su ‘consulta’ y cómo preparaba y para qué servían los brebajes que hacía. Entre risas, me proponía enseñarme sus conocimientos y ejercer de aprendiz suyo, pero en esa época ya ejercía yo la incredulidad y, aunque él era consciente de lo que yo pensaba al respecto, le gustaba jugar conmigo.

Cuando comenzó a recuperarse de las heridas del accidente, quiso irse a donde residía entonces, la casa de los De Arce en la Fuente. Necesitaba su espacio donde poder vivir libre. Nunca quiso vivir en el casco urbano, a pesar de que compró una vivienda por las Morericas. Mi tío Sebastián huía del control que el vecindario suele ejercer sobre aquellos que son diferentes. Su espíritu libre, independiente, tenía que alejarse de la jauría humana. Yo le entendí hace mucho tiempo.

Sebastián era generoso. Toda su vida ha ido dando y ofreciendo lo que tenía. No le ha preocupado desprenderse de todo. Compraba y regalaba, compraba y regalaba. Los que han vivido a su alrededor o con él han podido comprobar cómo no ha tenido apego a nada material. Solo quería lo que queremos todos, compañía. No le gustaba la soledad. Se alejaba del mundo, pero con los suyos. Lo hemos podido ver por las calles del pueblo acompañado de su perro más fiel -aunque en la Fuente cuidaba de más de una docena de ellos- y de su sonrisa. Nunca olvidaré su sonrisa sincera, sus ganas de vivir, su independencia, su generosidad y su valentía. El destino ha querido que mi tío nos dejase cien días después de abandonarnos también mi madre. A ambos les dedico mis pensamientos.

Fernando Fernández Villa, nieto de ‘La Rojica’, sobrino de Sebastián, hijo de Pascuala y Antoñín ‘El Fígaro’. Ejerce de editor independiente.

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