Juan Valverde Aranda

01/10/2017

Adiós a un pastor que trabajó por su rebaño

Por Juan Fernández Marín

El pasado 19 de septiembre falleció en su pueblo, Cabezo de Torres, el que fue párroco de San Juan Bautista de esta ciudad, don <strong> Juan Valverde Aranda</strong>. Tenía 83 años. Ha muerto, como se decía de algunas figuras bíblicas, «lleno de días». Sin embargo, no tenía ninguna prisa por marcharse, se llevaba bien con la vida y se sentía a gusto y realizado, entregado totalmente a su vocación de cura párroco. Eso sí, Don Juan estaba serenamente reconciliado con el término ‘aceptación’. Como el admirado teólogo <strong>Dietrich Bonheoeffer</strong>, armonizaba la resistencia con la sumisión. Conozco muy bien estos sentimientos suyos. Los años pasados a su lado en San Juan han fraguado una amistad que ha roto las barreras, facilitando una fluida comunicación que se ha traducido en cercanía, ayuda y apoyo. La comida mensual, en la que participaban también <strong>Diego González</strong> y mi hermano <strong>Antonio</strong> (q.e.p.d.), ha sido, durante años, un hermoso espacio para el encuentro, para compartir, para el desahogo (tan necesario) y para intercambiar noticias.

Nuestros diálogos nos hicieron cada vez más conscientes de que en la vida se pasa por dos melodías: a las fechas de la «resistencia» marcadas por el entusiasmo, la creatividad pastoral, el vigor espiritual, la ilusión, las realizaciones, las salud física, suele suceder la sumisión, bien conocida por el declive de todo lo anterior; son días de eclipse, de paulatino deterioro, de pasividad, de lenta e inexorable llegada del final. Un final que don Juan, desde su inconfundible talante cristiano, aceptaba con el corazón lleno de esperanza. Inolvidable para mí la última conversación con él en la que, con voz, casi un susurro, lo único que me pedía era mi oración «para no decaer ni hundirme en estos momentos difíciles. Pídele al Señor que me dé fuerzas y confianza en Su misericordia».

Desde que conocí lo grave de su enfermedad he rezado mucho por él y, sobre todo, he recordado su ejemplo. Don Juan ha sido un cura ejemplar, un auténtico pastor del que el <strong>Papa Francisco</strong> hubiera dicho que olía a oveja porque su único interés fue, desde que cantó misa, trabajar por su rebaño. Lo testifican todas las parroquias por donde pasó: San Miguel de Mula, Benizar, San Ginés, Santa María Madre de la Iglesia (ciudad), La Purísima de Yecla y San Juan Bautista (ciudad). Aparte los cargos de profesor, arcipreste, miembro del Consejo Presbiterial y los que se me quedan en el tintero. En algunos de sus puestos de trabajo hace muchos años que estuvo. Los que le conocieron no le han borrado ni de su mente ni de su corazón. Le recuerdan y no se han olvidado de su bondad, de su espíritu de servicio o de su ejemplo de oración.

La amistad con don Juan Valverde siempre me hizo bien. Fue un hombre bueno un sacerdote feliz en su misión. Tenemos necesidad urgente de profetas, de místicos, de santos, de hombres contentos con su pasión por hacer el bien. La palabra de los pastores buenos tiene la fuerza y la capacidad de no dejar a nadie indiferente.

He leído últimamente páginas llenas de inspiración y de vigor; quien las ha escrito deja la impresión de sentirse feliz con su vida cristiana, poniendo mucha atención a su mundo interior sosegado, sereno, bañado por la brisa de Dios. ¿Cómo no recordar a don Juan, y su estilo tan pacífico tan poco (o nada) estridente?

Termino dejando caer a esta lágrima furtiva. Te echamos de menos. Desde aquí veo la cúpula de nuestro San Juan y se me llena el corazón de tristeza. Acuérdate de nosotros, de <strong>Diego</strong>, del <strong>Sacri</strong>, de la inolvidable feligresía. Arriba te habrás encontrado con mi hermano Antonio. ¡Mandadnos bendiciones, que nos hacen falta, Juanito!

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