Miguel Franco

29/12/2017

Una pasión

Por Juan B. Sanz

He sabido de la muerte de Miguel Franco, e, jefe en sus tiempos de la Obra Cultural de Cajamurcia, por el obituario de este periódico firmado por José Luis Ortín; escrito con justicia a los méritos del amigo desaparecido. Firmo con el autor todo lo afirmado sobre su bonhomía y su talante, su continuada inquietud por la cultura. Con estas líneas de sentimiento por su pérdida y de afecto por haber cultivado su amistad, quiero añadir una faceta apasionada de su vida. Llevaba poco tiempo en Murcia (Venía de Lorca) cuando llegó a ver las exposiciones de Galería Zero que entonces me tocaba dirigir. Conoció, desde entonces, el gusanillo coleccionista; siempre en un esforzado intento de comprar con sacrificio. Soy capaz de recordar algunas piezas que adquirió entusiasmado: ‘un olivo’, bellísimo, de Andrés Conejo (cuento de los años 70); un Gómez Cano que le hizo feliz y que al pintor le sirvió de ayuda para su andadura por las humildades.

Nos conocimos bien. Aceptó mi propuesta de montar exposiciones de Antología por las Aulas de Cultura de la Caja en las diferentes localidades regionales; fue pionero en los circuitos itinerantes. Llevamos muestras individuales del propio Gómez Cano; de Mariano Ballester; de la pintura y escultura murciana, en colectivo, de las generaciones de los años 20 y las ‘Guadiana’ y post guerra. La labor cultural fue importante para dar a conocer a los que hoy tratamos con conocimiento de causa y admiración. Miguel sentía pasión por el arte. Recuerdo muy bien que era de los primeros en entrar a mis propias exposiciones personales en La Ribera, Galería de Arte; acababan los años 90. Debo conservar una foto a su lado en uno de estos felices encuentros. Por entonces, me contaba, había empezado a escribir, deliciosamente como pude comprobar más tarde.

Cuando se jubiló, los artistas murcianos aportamos una obra para una exposición homenaje (la mía, Manuel Fernández-Delgado, comisario de la muestra, la enmarcó junto a la de Gaya); se expuso, lógicamente, en los salones de Cajamurcia. Hemos perdido a un amigo, a un estupendo gestor de la cultura porque la sentía con pasión y deleite; minuciosamente estuvo atento a tender una mano social a los plásticos en permanente estado de necesidad. Me imagino que haría una buena colección de arte comprada con esfuerzo metálico; sin mediar otra cosa que su afición desbordada. Invirtió lo que le dejaran libre los gastos familiares. Siempre estará en la memoria su mecenazgo, al que no dio siquiera importancia; yo sé que la tuvo porque la viví de cerca, tuve la ocasión de poder aconsejarle. No compraba a la primera; reservaba y me decía: «voy a consultárselo a mi mujer», lo que le honraba. La decisión final siempre era en positivo. Un hombre de bien, de la literatura, al borde mismo del arte, generoso y comprensivo.

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