Paco Cuadrado

09/01/2018

El hombre serio

Por José Francisco Bayona

Fallece a los 66 años uno de los tres presidentes de la Plaza de Toros de La Condomina en Murcia, una persona de carácter metódico, escrupuloso y contundente con sus obligaciones

Paco Cuadrado falleció ayer a los 66 años. Demasiado joven y de manera inesperada. Ha muerto un hombre serio. Con sus momentos de distensión humorística más en privado que en público. Quienes gozamos de su cercanía por paisanaje –muleño– y afición –el toreo–, supimos que el rictus grave que adoptaba en corrales, callejón o palco de la Plaza de Toros de Murcia venía derivado de su carácter metódico, escrupuloso y contundente cuando se trataba de sus obligaciones.

Era, en la actualidad, y designado por la Delegación del Gobierno como inspector del Cuerpo Nacional de Policía, uno de los tres presidentes del coso de La Condomina. Pero a esa responsabilidad llegó tras haberse fogueado como delegado gubernativo en la Plaza de Las Ventas primero, y a lo largo de muchos años en Murcia, en la época en la que ese palco era casi propiedad de Juan Ignacio Herrero y Gabriel Osete.

Conocía el toreo y lo apoyaba. Y de hecho presidió, sin necesidad, multitud de festejos menores en plazas portátiles de la Región y las novilladas de promoción de la Feria de Murcia antes de dar el salto definitivo a la presidencia de corridas de toros.

Su afición y ese carácter metódico del que hacia gala le llevó a hacer un amplio estudio del pelaje de los toros y a tener un archivo –el más completo y fiable posible– de los pesos y pintas de los toros lidiados en Murcia desde hace décadas. Aficionado reglamentarista, conocía al dedillo todos los artículos que determinan el desarrollo de una tarde de toros. Por eso no se dejaba llevar por su opinión personal –que la tenía– cuando se subía al palco. Y por eso mismo era un buen presidente de festejos. Luego, le gustaba la guerra y la polémica, y pocas veces faltó al acto que cada año organiza el Real Club Taurino de Murcia y que titula ‘La Feria desde el palco’, para entrar en el cuerpo a cuerpo con los aficionados que le preguntaban el porqué de tal o cual decisión.

Ahí Cuadrado se desataba y gozaba dando y quitando razones con una vehemencia que hace mucha falta en una sociedad de, en ocasiones, exasperante tibieza. No sé si le habría tocado presidir el próximo Festival del Cáncer o, al menos de haber hecho el papel de delegado gubernativo –el mismo que ejerció el histórico día en que se indultó a ‘Bienvenido’, el 14 de septiembre de 1992–. Pero lo que sí sé es que ese día los aficionados a los toros echaremos una mirada melancólica al palco o al callejón esperando saludar a un Paco Cuadrado que, traje de chaqueta, corbata y cajita con todos los pañuelos que pueden utilizarse en una tarde de toros colocados por orden y color, estará esperando allá arriba a que den las seis en punto para ordenar el comienzo del festejo.

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