José María Nicolás

13/01/2018

Un maestro total

Por Pedro Guerrero

Tenía un destino en su vida, la educación, y una pasión, el deporte, y conocía Murcia, de la que era un puro enamorado, en sus usos y costumbres.

Tuve, tengo, o he conocido, a muchos de los mejores maestros. De mi propia familia, mi hermano, Pepe, mi tío Andrés, y mi mujer, Juani. Magníficos los tres. Que me dieran clase en colegio o academia, recuerdo a don José Álvarez, fino en sus maneras y dibujando, en aquel primer colegio que conocí, San José; y a don José Ruiz, que era cojo, y así le gustaba fantasear como un pirata para quien el aula de su academia era un barco y los espacios, con o sin palo de mesana, llenos de piratas y grumetes. Después los he tenido amigos, como Pepe Castaño y José María Nicolás, del que hablaré hoy en estas ‘palabras’ que me llenan de honor con tan sólo nombrarlo.

El pasado miércoles, a José María, o Nico, como ustedes prefieran, sin tenerlo preparado se le tributó un homenaje en el tanatorio de nuestro padre Jesús. Lugar triste como triste había sido la noticia de su fallecimiento. Aunque todos sabemos que mientras se recuerda a las personas no se van nunca del todo, en este caso hay motivos para que le tengamos en el recuerdo, y de nuestra memoria viva venga este maestro total a nuestro afecto, afecto tanto de su familia y sus compañeros como de los amigos y de sus alumnos y padres y madres de los mismos.

No fue José María un maestro cualquiera, sino un verdadero maestro, un maestro total, de raza, sentido por cuantos estuvieron cerca de él como profesor, tanto en los saberes de conocimientos escolares como en lo que atañe a su propia especialidad, la educación física y el deporte. Y en este, el voleibol, pues más de un centenar de personas, compañeros de este deporte, árbitros, jugadores, siendo niños o adultos, fueron, ya mayores, a despedirle a Espinardo.

Tenía un destino en su vida, la educación; y una pasión, la pasión por el deporte, y conocía Murcia en sus usos y costumbres como bien ha dicho Miguel Massotti en la radio (ORM), mientras nos dejaba el rastro de su hermoso recuerdo y llenaba las ondas con una canción de Serrat, que tanto le gustaba a nuestro amigo. Una personalidad era José María, y, al decir de Massotti, también era puro enamorado de Murcia, su ciudad, que se la sabía de memoria.

Nunca se entenderá que al pabellón deportivo que se construyó en el colegio Federico de Arce no le pusiesen su nombre, ‘José María Nicolás’, al maestro que tanto luchó por él para que se hiciese, a quien ha estado hasta última hora ejerciendo como maestro, ayudando en el colegio, bien enseñando matemáticas a algún alumno retrasado en este campo o en sus entrenamientos de voleibol. A tiempo se está todavía de retomar la razón deportiva de su vida dando su nombre a ese pabellón como forma de homenaje popular. Aún recuerdo su voz inconfundible, entrenando los sábados en el patio del colegio, porque mi casa daba al campo: «¡Nene, ese balón!».

Le debiéramos recordar vivo, con aquella sana alegría que tenía, con su risa desbordada. Yo conocí a José María en los comienzos de los años setenta, cuando aquel movimiento de maestros terminó organizando una huelga, la primera que conoció y padeció el franquismo. Y fue en La Tejera, colegio donde nos veíamos para hacer balance casi diario de aquella huelga de maestros. Él venía, siempre apasionado, desde Cartagena; y yo, desde Lorca. Y siempre nos quedábamos con algún compañero, Aniceto, Leandro, Conchillo, Almagro, Marisa, Fernando, Pedro Antonio, Pepe Antón…, y tantos otros que lucharon por la dignidad de un profesorado que empezaba a tomar conciencia y se puso en pie por la calidad de la enseñanza. Después nos hemos visto y hemos hablado de aquellos tiempos que eran los de nuestra propia dignidad. Y José María siempre en su sitio, como bien dijo en unas palabras sobre él el profesor y amigo, Blas Mira, en el tanatorio, quien puso a José María como ejemplo de maestros que jamás dejan solo a su alumnado y que le mantiene informado y con su ayuda mientras hay necesidad de una educación, y eso quiere decir durante toda la vida.

Y yo me acordaré de él mientras viva, de su valor como maestro total. Y es por eso que nunca se irá del todo, porque funcionará en mi recuerdo, en nuestro recuerdo, el afecto que le teníamos, y le tendremos. Y cuantos le conocimos haremos saber quién ha sido este maestro excepcional, José María Nicolás, que no tuvo días libres que no fuesen para la educación, para sus amigos y su familia. Su mujer, Mari, y sus hijos, Chema y Guillermo, lo saben, como lo saben también Juan y Pilar, que son como hermanos que él eligió. Y no habrá tristeza en el recuerdo, sino que mantendremos una leve sonrisa de complicidad sobre aquel hombre bueno, maestro a todas horas, un verdadero maestro de raza. Y así será y estará con nosotros siempre que nos quede esta memoria que ahora me hace recordarle, con el cariño que él se merecía.

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