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Las familias del Nazareno

Los marrajos vivieron una noche del Santo Entierro atípica, sin la incertidumbre meteorológica que tanto les inquieta, en la que el sudor y las lágrimas suplieron a la lluvia con la que tan acostumbrados están a bregar

Un artículo de Andrés Torres

Apenas entonó el «Dios te Salve…», rompió a llorar y, por primera vez en los 18 años que lleva cantándole la oración a la Madre de los marrajos en Santa María, no pudo seguir. Se lo impedía el nudo que se le había formado en la garganta y, cuanto más se resistía al llanto, más lágrimas brotaban de sus ojos. Intentó controlarse, rehacerse, pero no podía. Así que optó por mirarla y escuchar el susurro con el que cientos, miles de personas, despidieron a la Virgen de la Soledad. Muchas otras veces se había emocionado, incluso ya había roto a llorar en otras ocasiones, pero de manera más comedida, menos evidente. No entendía qué pasaba esta vez. ¿O sí?

La noche había sido dura, quizá una de las que más había sufrido en las casi dos décadas que lleva prestando sus pies y su hombro a Santa María Magdalena. Llegó a dudar de si esa noche sería capaz de llegar hasta el final, pero se aferró a su vara, al hombro de sus compañeros y al alma de quienes hacen posible el regalo de esa mágica noche de Viernes Santo. Se secó el sudor del rostro con los guantes ya calados y que habían dejado atrás hacía rato el blanco impoluto con el que iniciaron la procesión. Sonó el timbre, se agachó para meter el hombro y, al segundo toque, elevó a la Santa, cerró los ojos y le repitió lo mismo que le decía aquellos primeros años en los que ella seleccionó a quienes se atrevieran a llevarla siempre ante la Cruz, por muy duro que fuese, como ella se atrevió a no dejar sola a la Virgen y a San Juan en esa noche tan oscura y brillante a la vez, en la que le abre paso a la Madre del Nazareno y a su discípulo amado. «Tú me llevas», rezó. Y le pidió que lo llevara esa y todas las noches.

Se acordó entonces de lo que dijo su capataz el día antes de la procesión, durante la quedada para ultimar el tallaje del trono: «Para mí, somos una familia. Yo lo veo así». En aquel momento, le sonó a una frase hecha, a algo que hay que decir, que queda bien y que anima a 110 tíos de cara a la esperada noche. Igual que le ha ocurrido a lo largo de los 18 años que lleva en la agrupación siempre que le han llamado hermano. Le ha sonado raro, incluso incómodo, que lo hayan llamado así. Hasta esa noche en la que la magia le hizo sentir, por primera vez en 18 años, que forma parte de una familia, en la que se crea un vínculo tan fuerte como el de los lazos de sangre, una familia que, como la que formaron la Soledad, San Juan y la Magdalena al presenciar la Muerte y el Entierro de Cristo, está unida ante la adversidad, pero también ante la satisfacción y el regocijo de tres horas que llevan esperando un año, pero que viven y sufren todos y cada uno de los días que entregan para hacerlas posibles.

Sólo así se entiende la sonrisa que no le cabía en la cara al presidente de la agrupación en los momentos previos al inicio del desfile que, en realidad, ocultaba la tremenda inquietud que sentía por dentro y que le llevó a acercarse a las varas delanteras del trono para decir: «Si alguien no está nervioso, que se vaya». Fue su forma de dar las gracias a todos los que pudieron oirle por sentir a su Magdalena, por quererla, por llevarla.

El grueso de la procesión ya estaba en la calle. Sólo restaban la Santa de los marrajos, San Juan y la Soledad. El resto de las familias del Nazareno escenificaban el cortejo del Santo Entierro de Cristo con un respeto que hacía enmudecer al numeroso público que se hacía hueco para contemplar tanta belleza, tanta solemnidad. El silencio se rompía únicamente para ovacionar el buen hacer de los procesionistas que, junto con los espectadores, oriundos y foráneos, seguían dando pasos para engrandecer más si cabe la Semana Santa de Cartagena. Un respeto que se refleja en pequeños gestos, como la bandera a media asta que lucía en el balcón de la fachada de Capitanía en señal de luto y de implicación con una tradición de la que algunos se empeñan en borrarse, como los concejales de Cartagena Sí Se Puede, que se negaron de nuevo a sumarse al cortejo con el resto de la Corporación municipal.

En una noche marraja atípica, los tercios y los tronos avanzaron sin soportar el peso de la incertidumbre meteorológica que tanto suele inquietar el corazón de la familia morada y de toda Cartagena por el temor a quedarse sin procesión, sin magia, sin milagro. Una noche en la que, al siempre presente calor humano, se sumó el que padecieron muchos penitentes y portapasos. Algunos se desvanecieron y tras atenderles como se atiende a un hermano en dificultades, el cortejo prosiguió, como sigue la vida cuando nos invita a levantarnos de un tropezón, por muy fuerte que sea, o de una pérdida, por mucho que duela.

La marcha penitencial se vivió una vez más desde dentro, pero también desde fuera. Sobre las sillas y los carricoches en las que los más pequeños mantenían una intensa lucha contra el sueño para aguantar al menos hasta ver a sus padres y saludarles con una efusividad de la que deberíamos contagiarnos los adultos. «¡Papá, te quiero mucho!», le dijo un niño a un portapasos antes de lanzarle un beso. El joven se ruborizó ligeramente y dijo a los porteadores que le rodeaban: «Sólo por esto, merece la pena. Si hace falta, ya puedo llevar el trono yo solo».

La vivieron las mujeres que pasaron seis horas, otra vez, aguardando con infinita paciencia el breve momento de ver entre las varas a sus novios o maridos, para que ellos las vieran a ellas y a sus hijos y se embriagaran de orgullo, de energía y de gratitud para echar el resto y seguir adelante.

La vivieron los abuelos para los que trasnochar se hace cada vez más cuesta arriba, pero que lo hicieron con gusto para acompañar y hasta cargar literalmente con los nietos soñolientos. O para cuidar de la nuera que se resistía a aguardar durmiendo en casa el momento en el que su marido culminaba una procesión e iniciaba una promesa que lo enganchará a la Magdalena para siempre.

La vivieron los titos y las titas que siempre, siempre, están ahí. Y los primos, a los que atiborraron de caramelos.

Y tras el precioso baño de pétalos de rosa que se dio en la calle del Aire y escoltada y protegida por los infantes de Marina, la Soledad se quedó sola, sola en la rampa de Santa María. Todos se habían recogido ya, pero todos estaban allí. Unos con túnicas, con capas, con los capuces en la mano, con la mantilla sobre sus cabezas, con el mocho aún sin quitar. Y otros, en vaqueros, con sus chaquetas, sus abrigos, sus faldas y sus vestidos.

Todos estaban allí, dando sentido a un milagro que se renueva todos los años y que, pese a los baches, los desencuentros, los malos momentos, los rencores y los desplantes, mantiene unidas a las familias del Nazareno. Como buenos hermanos.

Sonó el himno de España y rugieron los cohetes sobre el cielo de Cartagena para anunciar el fin y el nuevo principio. Había agotado las lágrimas y las fuerzas escaseaban. Miró a su alrededor y vio a sus familias, a todas sus familias. Quería darles las gracias y así lo hizo. Y, aunque ya no podía llorar, aunque ya no quería llorar, quiso que todas las noches fueran Viernes Santo en Cartagena.

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