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Un orden intangible

SEÑA DE IDENTIDAD | Cofrades californios y marrajos resaltan que el paso sincronizado y la cronología del relato «diferencian a nuestra Semana Santa de las demás»

Un artículo de MARÍA DEL PINO GIL DE PAREJA

Hay casi tantas semanas santas como municipios, ciudades y pueblos de España, pero si existe algo que hace resaltar la cartagenera frente a las demás es el orden. La armonía se manifiesta dentro de cada procesión, pero también en el orden cronológico que asigna a cada día de la semana el recuerdo de una escena de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, alma y esencia de esta fiesta.

«El orden estático y el orden cronológico son los que nos diferencian del exterior; y los elementos de la flor y la luz son después el aliño que sazona este orden». Son palabras de Manuel Salmerón, presidente de la agrupación de Santiago Apóstol de la Cofradía California, quien participó en la mesa redonda que ha organizado la agrupación marraja de San Juan Evangelista, junto a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, centrada en el elemento del ‘orden’, patrimonio intangible de la Semana Santa de Cartagena. El encuentro, que atrajo a casi doscientas personas, fue moderado por el periodista y sanjuanista marrajo Francisco Mínguez, participando también Simón Ruiz, de la agrupación del Descendimiento (marrajos); Antonio Navarro, del San Juan (californios); y José Sánchez, del grupo anfitrión.

Sobriedad, tradición, cadencia y sincronía son cuatro elementos que, de algún modo u otro, se adscriben al concepto mayor del ‘orden’ y que, como él, «forman parte del terreno de lo intangible, lo que no puede o no debe tocarse», apuntó Simón Ruiz.

El orden, como pilar básico de la Semana Santa, es un patrimonio intocable, pero que no ha permanecido estático a lo largo de la historia, sino que, como señaló José Sánchez, «ha ido evolucionando al mismo ritmo que la sociedad».

El origen del orden
Son muchas las leyendas, ciertas o inciertas, del motivo por el que penitentes y portapasos se ordenan tras una línea recta y marcan juntos un paso acompasado al son de tres tambores.
Salmerón situó ese origen en la desaparición de los cables que antiguamente unían un hachote con otro hasta desembocar en un sistema eléctrico de alimentación: «Los cables hicieron que los penitentes fueran en fila, uno detrás de otro. Sin embargo, cuando desaparecieron, obligaron a que cada uno tuviera que mantener el orden por sí mismo y no en función de un elemento accidental».

Por su parte, Simón Ruiz considera que San Juan marrajo «fue el primero que instauró el orden en la Semana Santa. Una vez rota la veda, el resto de agrupaciones empezaron a hacer lo mismo».
Sea cual sea el origen del orden, José Sánchez apuntó que no debe tampoco olvidarse el fin: «Las procesiones son una catequesis popular. El orden debe ayudar al público a entender el mensaje de la Semana Santa». A este respecto, Sánchez comparó una procesión con un templo: El sudario sería como la puerta de una iglesia; las filas de penitentes, el pasillo que nos lleva al altar; y al final del tercio, se eleva la imagen que, en la metáfora, correspondería al retablo. «El orden -continuó el marrajo– nos lleva a entender que con una vida ordenada, podemos alcanzar la santidad».

Ordenar el ‘desorden externo’
La Semana Santa cartagenera, apuntaba el moderador, está llena de contrapuntos: el petardazo que da inicio a la ‘madrugada’ frente al sigilo abrumador de la Procesión del Silencio. El orden impoluto de los penitentes frente al caos de los nazarenos y sus caramelos voladores. Sin embargo, esta polifonía de elementos no desagradaba a los contertulios. «Los niños –apuntaba Antonio Navarro– son imprescindibles. Ellos son el futuro de nuestra Semana Santa».

También existe lo que los cuatro ponentes coincidieron en llamar el ‘desorden externo’. Calles sin aceras, sillas mal alineadas o cáscaras de pipas por el suelo son solo algunos de los componentes de este desorden que afecta, y mucho, al desfile. Salmerón reclamó de las autoridades que velen «por el orden exterior de las procesiones y, con ello, por la repercusión económica y turística que supone la Semana Santa para Cartagena».

Asimismo, debe evitarse el ‘desorden interno’. Los vestuarios, los tronos, los portapasos… Cada elemento debe tener su propia armonía dentro del orden general de la procesión. «El vestuario –señalaba José Sánchez– es fundamental. Evitar capuces torcidos, capas sin planchar. Todo esto hace que el orden se resienta. Para lograr la máxima vistosidad, hay que cuidar todos los aspectos. No sólo que el tercio desfile bien, sino el vestuario, las marchas de música, los hachotes…».

El ‘muro misterioso’
«La mejor publicidad es la que se hace boca a boca», sentenciaba Simón Ruiz. El marrajo mostró su preocupación por lo que  denominó como una «especie de muro misterioso que nos tiene cercados y que nos impide hacer llegar la belleza de nuestra Semana Santa al resto de España», en referencia a que su difusión exterior es todavía escasa. José Sánchez coincidía en resaltar la importancia de propagar con más intensidad la belleza de nuestra fiesta y, por supuesto, la de su orden, patrimonio inmaterial que la hace única.

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