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La cosecha literaria del 2009

Lunes, 18 Enero 2010 Sin Comentarios Sin Comentarios

l__pez_mondejarUn repaso por los autores de la Región y algunos de sus éxitos

Deberíamos comenzar señalando la dificultad, cada vez más grande, de intentar resumir en leves trazos lo que depara el hecho literario en Murcia durante todo un año, tal como hemos venido haciendo en los últimos tiempos. Y cada vez resulta más complejo por razones tan obvias como imprevistas. En una región en donde se lee poco o casi nada –ahí están los datos, año tras año, que nos sitúan por debajo de los niveles medios– se publica mucho. No hace mucho me sorprendía ante el alto número de anuales publicaciones murcianas con ISBN, que es tanto como decir que son libros preparados para la venta. Y en efecto, está en marcha un pequeño sector que se está moviendo con cierta paciencia en los ruedos comunitarios de Murcia. Bastaría con anotar la presencia de Ahora, Editum, Nausícaä, Alfaqueque, Gollarín o Tres fronteras, que publica obras de autores ajenos a nuestra comunidad como Tomás Hernández Molina (’Peñón de las caballas), Miguel Ángel Velasco (’Memoria del trasluz’), e incluso de extranjeros como la turca Buket Uzunur en ‘Da de ámbar’ a fin, según se estima, de prestigiar a los artistas locales. Y hemos de sumar Azarbe, Áglaya, Cendeac… lo que supone un pequeño revulsivo en el limitado campo literario.
Si es cierto el gremio de editores de la región –pequeñito, minoritario, sin grandes posibilidades de distribución– no lo es menos que el escritor murciano lo que aspira de verdad es a integrarse en colecciones o sellos comerciales de nivel nacional, única manera de escapar de un reducido espacio en donde el libro nunca ha sido, por mucho que se indique, prioritario. Así que algunos estampan su firma con editoriales de prestigio, tal como ocurre con Pedro García Montalvo, o con las comerciales, como Maeva, en donde Jerónimo Tristante sigue con su serie policíaca en 1969, la indagación de un viejo y cansado policía sobre una prostituta que se ha suicidado lanzándose por la catedral de Murcia. Una obra de entretenimiento y con documentación acerca de esos años en la España franquista.
Hay, pues, que anotar el circuito interno que se mueve a pequeñas dosis, dada la escasa demanda del producto artístico, con las otras aportaciones. La media de ejemplares suele llegar a los quinientos y rara vez desborda los mil, mientras que en el otro circuito, el nacional, la edición aumenta a unos miles, pero tampoco de forma desorbitada. Quede esto como detalle sociológico de una generación que se viene moviendo desde hace años con parecidos parámetros, sin que haya habido variaciones significativas en ningún momento. Y a los dos modelos anteriores podríamos sumar un tercero, el que se corresponde con la edición de libros amparados bajo otros paraguas.

Cuando fallan los resortes nombrados ha de surgir aquél que se ampara en instituciones culturales como la Academia Alfonso X El Sabio, las cajas de ahorro, los ayuntamientos de los pueblos (cada vez más frecuentes), patronatos o similares, y, sobre todo, un cuarto grupo que se apoya en la auto edición; grupo más numeroso de lo que se cree, e incontrolable a todos los efectos. El murciano, como siempre hemos dicho, tiene otra escapatoria que usa mucho: el premio literario. Así que es frecuente que acuda a los certámenes y los gane; por ese motivo señalaremos unos pocos en esta ocasión.

LA NOVELA
Este año nos hemos detenido en unos pocos nombres en la parcela narrativa. Entre los desconocidos cabe mencionar la aparición de un nuevo autor murciano: Cecilio Pineda, de profesión marino mercante, quien consiguió en ‘El último candray’ (Tres fronteras) el XIII Premio Vargas Llosa de Novela. Se trata de una obra en la que aprovecha su experiencia marinera para dar cuenta de los hábitos de la tripulación, de la travesía por tierras brasileñas, de su aspereza, así como sus alivios eróticos, ávidamente contados en una prosa seca, muy funcional. Y citamos en este ejercicio a ‘Lenguas vivas’ (Gollarín), de Lola López Mondéjar; obra con la que nos sorprendió a todos y en la que incluye como protagonista principal a una prostituta ilustrada y con ánimo de acometer progresos en el mundo de la existencia. Con un lenguaje crudo y realista, la narradora se perfilaba en una faceta desconocida de su obra anterior.

En el mes de marzo nos acordamos de ‘El mapa de un crimen’ (Maeva), de Francisco López Mengual, una obra construida sobre los cimientos de la que se llamó ‘El vuelo del Mosca’. El relato incluye motivos amorosos y políticos, todo en un pueblo en donde todo se sabe, tal ocurre en la ‘Crónica de García Márquez’.

Otro autor, como Tristante y como López Mengual, salido de la vieja Editora Regional, que dio a conocer la novela ‘La risa de las mujeres muertas’ (Alfaqueque) es José Emilio Iniesta, un profesor de Literatura que se lanzó al género novelesco tras haber ensayado en el cuento. La novela, ambientada en dos tiempos, tiene como protagonista una parte embrujada y mágica de la Sevilla medieval con una princesa mora que reaparece ante un joven galán que la persigue desde ese momento. Se trata de una obra bien construida, rica en documentación histórica, abierta al romanticismo y no exenta de sentido del humor, aparte de contar con rico lenguaje. En abril nos ocupamos de ‘La luna roja’ (Alfaguara), del caravaqueño Luis Leante, obra con la que se hacía a la mar literaria tras haber recibido el año anterior el máximo galardón de esa misma importante editorial que lo salvaba de circular por ruedos regionales. Al obtener el premio, el joven Luis Leante daba un paso de gigante y se situaba en el escalón que se iba mereciendo por su constancia y buen hacer. La nueva obra es netamente metaliteraria, con muchos cambios de espacios y personajes con especial relevancia en la ciudad de Estambul. La vida de diversos personajes, sus sueños, sus pasos, son seguidos por el proceder cinematográfico de un autor que recurre a asuntos literarios.

Y también daba cuenta en abril de ‘La sombra de Horacio’ (Academia de Alfonso X El Sabio, de Antonio Prieto, el novelista más veterano –y también el más desconocido– del contorno murciano. El antiguo catedrático de Literatura de la Universidad Central se regodea en el personaje clásico, en el poeta romano, en torno a lo que pudo ser tanto su vida como su obra. Obra culta, renacentista, aporta el valor documental y el de la tertulia entre viejos amigos. En plena canícula sacaba a colación la novela ‘Ciencia oculta de los viejos templarios’ (Akrón), de Antonio Galera, un riguroso especialista en los complicados temas templarios. Entre la historia y la documentación –muy importante– y entre la fantasía y la imaginación, el narrador urde una trama en donde un viejo caballero va formando en la orden a quien pretendía participar de ella.

Entre los que vienen de atrás me quedaría muy especialmente con Pedro García Montalvo en ‘El relámpago inmóvil’ (Destino), una obra en donde acomete elementos de diversa factura como pueden ser una venganza, la muerte trágica de un niño de corta edad, unos problemas conyugales… tratados siempre con la calidad psicológica que le profiere su creador, un delicado artista que cuenta con uno de los estilos más significativo del panorama español. Debemos detenernos en la biografía novelada ‘Correo interior’ (Renacimiento) de Dionisia García, un libro que hubiera podido engrosar la lista poética si consideramos la prosa que utiliza, la evocación de un mundo que se marchó. La escritora manchega evoca el mundo de su infancia en Alendero –sin duda su Fuente Álamo natal–, su vida como huérfana, sus primeras amistades, vidas singulares de un tiempo roto por la guerra, única mueca trágica en aquel auténtico paraíso dorado. La autora promete segundas partes que alcanzarían a su estancia en Murcia para sus estudios de letras.

También hay que mencionar la novela ‘Tengo una pistola’ (Planeta), de Enrique Rubio, de la que aplazo opinión por no haberla concluido; así como ‘El templo de los sentidos’ (Nemira), de Benjamín Amo, un libro sobre los instintos más primarios. Aunque podríamos mencionar alguna otra como ‘Tiempo de costuras’, de María Dueñas, profesora de la Universidad de Murcia –entraría en el capítulo de arraigados– arrasando en las ventas con once ediciones. ‘Recitando a Petrarca’ (Alfaqueque), de Ignacio Borgoñós, completaría con ‘1969′, de Jerónimo Tristante, el cupo del género largo.

revengaRELATOS Y CUENTOS
En el capítulo del cuento, de lo que hemos dejado constancia durante el ejercicio 2009, aunque fueran del año anterior, nos detuvimos en ‘El experimento Wolberg’ (Menoscuarto), de Manuel Moyano, quien volvió a dejar constancia de su quehacer fantástico con una serie de relatos que marcan la concisión y la pulcritud, la condensación en el decir y la maestría en todos ellos. El propio autor cordobés afincado en Molina de Segura participó en ‘Escribir un cuento. 5 propuestas’ (Asociación cultural Mucho Cuento), lo que lo acredita como uno de los más firmes narradores de los últimos tiempos. También me ocupé en ‘El imperio de Chu’ (Tres fronteras) de Moyano, una obra pequeña, reducida, en donde se cobijan numerosas minificciones; ese género que hace furor en los últimos tiempos en España y que Moyano practica con mucha pericia y habilidad. Tres fronteras abrió una colección pequeñita –con dos o tres cuentos de cada autor– que se llamaba la Biblioteca del Tranvía y en donde se incluyeron algunos textos –no siempre inéditos– de escritores como José María Jiménez en ‘Negro sobre fondo azul’, ‘Las guapas deben morir’ de Julia R. Robles, ‘El armario de Abdou’ de Gonzalo Gómez Montoro, ‘El sueño del Tántalo’ de Antonio Parra Sanz, ‘La mansión de los mutantes’ del ya mencionado Paco López Mengual y ‘Ocho leyendas del Mar Menor’ de Santiago Delgado. También Concha M.Miralles publicó en la consejería de Educación ‘Yo cuento, tú cuentas’ para el público infantil.

POESIA
Soy poco dado a tratar los asuntos poéticos, de los que se ocupa con amplia firmeza Francisco Javier Díez de Revenga, pero este año he dejado constancia en mayo del libro ‘Poesía en el archivo’ (Tres fronteras), coordinado y recopilado por José Luis Martínez Valero, en donde se han recogido todas las intervenciones de los poetas que participaron en el ciclo que se celebra en el Archivo Provincial de Murcia. Mencioné ‘El gesto del escriba’ (Alambique), de Ramón Bascuñana, una verdadera antología que permite un repaso a sus temas principales y que sorprendió a propios y extraños; y ‘Adán de certidumbre’ (Azarbe), del narrador José Cantabella –codirector de la excelente revista ‘Lunas de papel’–, quien se volcó en la parcela con un libro en donde sacaba a relucir temas como el amor, la muerte.

Joaquín Ortega Parra es un gran maestro, ya consagradado con numerosos premios, quien nos dio a conocer ‘Sin entrar en detalles, por supuesto’ (Fundación Valparaíso), un libro más de desamores que de amores, con mucha ironía y juegos. El siempre correoso Antonio Marín Albalate, incurso en varios frentes, nos dejó testimonio de un año generoso tanto en ‘Caligrafía de la nieve’ (Tres fronteras) como en ‘Yo tampoco y tú sin embargo’ (Ediciones Vitrubio), por no citar su intervención como coordinador en el homenaje a Juan Manuel Serrat; por ello ha pasado a ser uno de los autores más animosos y comprometidos con la palabra poética en la región de Murcia.

Tres fronteras rescató la voz de Alfonso Carreño, un poeta de la generación del medio siglo que yacía olvidado, y los incombustibles ciezanos de La sierpe y el Laúd retoman con la colección Acanto una de sus muchas y verdes ramas poéticas. Manuel Dato, con ‘Last autumn’s dream’ (’El último sueño de otoño’), inaugura el sendero con los temas eternos como son el amor, la soledad, el silencio. Sin duda el libro más importante este año en el ámbito poético ha sido ‘Nosotros’ (Renacimiento), de Ginés Aniorte, un poeta de verbo sencillo y transparente, de tono elegiaco, en donde regresa a su infancia, a la huerta, al canto de los pájaros, a los juegos infantiles, al lado de los padres que lo cobijaron, también de las ausencias y de la muerte que merodea en torno a una recuperación.

ENSAYO
En este cajón de sastre anual incluimos libros de diversa naturaleza. Entre los de materia histórica y religiosa debemos destacar ‘Las razones de la inquisición española’ (Almuzara). de Miguel Ángel García Olmo, en donde se ofrece una versión diferente de este organismo estudiado, no a la luz de la perspectiva actual –que lo emparenta a los organismos nazis–, sino en su tiempo. Y dimos cuenta de ‘El universo malogrado’ (Tres fronteras), de J. Ignacio Nájera, en donde debate las opiniones y pensamientos de Ciorán en un intenso acercamiento a su vida y obra.

Mencionamos ‘Murcia: crimen y castigos’ (Tres fronteras), de varios autores, en donde se abordaban viejos sucesos de una ciudad –la de Murcia– atravesada de crímenes, sucesos luctuosos, robos sagrados, celdas inquisitoriales. El también narrador Juan F. Jordán Montes nos legó ‘El imaginario del reino de Murcia’ (Tres fronteras), una obra de antropología en donde podemos encontrar damas que habitan las fuentes, guerreros que custodian lugares y tesoros, duendes que revuelven las casas y demonios que siembran tempestades. Y mencionamos en dos ocasiones a Pascual Vera, experto en cuestiones de cine. Así en ‘Único testigo. El espectador ante el fenómeno cinematográfico’ (Editum) y ‘El cine en la educación de los españoles’ (Editum). Javier Díez de Revenga escribió ‘Los poetas del 27, clásicos y modernos’ (Tres fronteras) en torno a su especialidad, y César Oliva en ‘Versos y trazos’ (Eitum) viajaba por los caminos de la comedia española clásica. Juan Pedro Quiñoñero, el totanero corresponsal de ‘ABC’ en París, nos legaba ‘El taller de la gracia’, un ramillete de temas artísticos, literarios, políticos y, sobre todo, el problema de la desertización de la cultura al que estamos asistiendo desde hace algunas décadas.

PREMIOS
Este año, de entre los 1.500 premios literarios –otros dicen que se acercan a los 3.500– que hay derramados por la generosa geografía literaria, nos ha correspondido el disputado del Café Gijón, un premio que se ha adjudicado Rafael Balanzá, un alicantino arraigado en Murcia desde hace año, y que lo dimos a conocer por ‘Crímenes mínimos’. Ahora, con ‘Los asesinos lentos’ (todavía sin publicar) ha obtenido el Premio Gijón de novela. Joaquín Piqueras se alzó con el premio de poesía Antonio González de Lama en León por ‘Los infiernos de Orfeo’ y Miguel Sánchez Robles, y no es sorpresa, con el Dionisia García de la Universidad de Murcia.

Ramón Jiménez Madrid

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