Fernando Fuentes, ‘El Trompi’

11/03/2018

Un motero entre las nubes

Por José Alberto Pardo

Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes, pero sé que alguna vez cambiará mi suerte. Lone Star suena, décadas después, en un local con luces de colores que se pierden en la densa humareda. Y Fernando Fuentes, El Trompi, chasquea los dedos y sonríe, tanto que el final de sus labios se pierden en una maraña de pelos ya encanecidos que forman unas patillas extravagantes con las que quiere reivindicar su esencia de rockero; qué más da que fuera en los sesenta o en el siglo XXI. El espíritu no mira calendarios.

Y hace unos pocos días nos enteramos de que El Trompi se ha ido. Y, por muy previsible que sea, la muerte siempre te pilla con el paso cambiado. Sabíamos de su enfermedad, pero uno no llega a asumir el momento del adiós. Y es entonces cuando se es consciente de que se ha perdido a un miembro de la familia.

Porque Fernando, a cargo de los pinceles digitales en un periódico como LA OPINIÓN, fue una de esas personas arrolladas por la crisis y por el empuje inmisericorde de las nuevas tecnologías. Y aun así, siempre estuvo con nosotros. La familia no es solo lo que uno elige en la vida, a menudo la vida te elige una familia. Y El Trompi, como tantos otros que no están quizá en el día a día, siempre ha seguido siendo de nuestra familia.

Porque de él nos queda su sonrisa, sus ojos pícaros, su doble sentido, su masaje en tus hombros cuando te iba a comunicar una mala noticia, un error al pasar una imagen en rotativa. Vale, Fernando, sigue, sigue un poco más y luego me dices qué ha pasado. Puf, qué cuello más tenso tienes, responde.

Y eso no tiene precio, sacar sonrisas en momentos comprometidos, pensar que la vida es mucho más que esos momentos comprometidos; eso vale más que muchas portadas. Y en eso, Fernando era un maestro.

Por eso hoy lloramos por este motero empedernido, que no se perdía una vuelta ciclista para llevar a un fotógrafo a su espalda; lloramos por el más punky de todos, el que se nos adelantó, el que ya había vivido la movida cuando algunos se empeñan en decirnos que fue en los ochenta. Un adelantado.

Perdemos una sonrisa. Y es motivo de luto. Esperamos que encuentres ese oscuro bar de húmedas paredes allá donde estés, y, si no lo has encontrado ya, seguro que estás cabalgando una moto de gran cilindrada atravesando las nubes en su busca. Un abrazo, Fernando; y resérvanos un sitio, ya que has llegado antes.

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