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El Sol de los marrajos

La Cofradía del Jesús Nazareno se impuso al viento y el público superó el frío

Un artículo de Andrés Torres

«Papá, ¿cómo se enciende la luna?». Laura hizo la pregunta la noche del Jueves Santo, cuando se encontraba en la puerta de la iglesia de Santa María de Gracia, con la calle completamente a oscuras y cuando estaba a punto de empezar a recogerse la procesión california del Silencio. Su padre miró hacia arriba y vio cómo el astro brillaba intensamente antes de volver la mirada hacia su pequeña y responderle: «Es el sol el que ilumina la Luna y hace que brille así». El hombre no quedó muy convencido con la respuesta que le dio a su hija, pero solo tuvo que esperar a la noche siguiente para encontrar otra que le agradara más.

Fue justo cuando se encontraba entre las varas de su trono, se apoyó sobre ellas, inclinó la cabeza y miró a su Santa. Estaba preciosa, envuelta en un maravilloso jardín y derrochando colorido y belleza. Entonces, la vio de nuevo, intensa, encendida, luminosa.

La Luna volvía a lucir sobre el cielo de Cartagena con alegría, a pesar de que cuando salió de su casa en el Ensanche unas horas antes ataviado con su túnica, su fajín, sus zapatos negros y sus nervios, vio la tremenda nube negra sobre la que esa misma tarde había advertido Clemente. Solo fue un espejismo, una forma de sembrar las dudas meteorológicas con las que tan acostumbrados están a lidiar los marrajos, pero que quedaron en nada. Porque esa noche de Viernes Santo nada iba a estropearle a los del Nazareno su majestuoso, solemne y espectacular procesión. Porque, a pesar del sufrimiento que transmiten las escenas de la Pasión que sacan a la calle los del Nazareno, es un lujo verlas pasar ante tus ojos. Porque aunque las ovaciones y algunos vivas del público rompen el silencio respetuoso de penitentes y portapasos que invita al recogimiento, el cortejo es todo un espectáculo. Y porque esa noche tenía que salir todo bien, esa noche iba a ser perfecta. Y lo fue.

Por eso, Chema lloraba emocionad porque había sido la mejor procesión que recordaba de su Santa desde que es capataz de su trono, desde que sale portapasos, desde aquella primera vez de hace casi dos décadas. Porque ayer fue la primera vez de todos sin el que siempre será su ‘presi’, para el que también fue su primera vez con la doble vara una noche de Viernes Santo, en la que tenía a su Magdalena tan lejos y tan cerca a la vez.

Aunque, en realidad, siempre es la primera vez, porque seas hermano mayor, presidente, capataz, comisario de trono, jefe de tercio, portapasos, dama, penitente o el último de los nazarenos, siempre es como la primera vez, siempre aparecen los nervios y la inquietud en los preparativos y los momentos previos al desfile, siempre aumentan cuando entras al templo de las procesiones y el eco del repique del tambor se te mete en el cuerpo, a la vez que la nube de incienso te hipnotiza. Siempre te tranquilizas al primer paso, a la primera metida de hombro, cuando la procesión ya está en la calle. Y siempre agradeces las ovaciones y los ánimos del numeroso público que abarrota las calles y que, como el del pasado Viernes Santo, se impone al frío, al viento y al sueño.
Porque el recogimiento, el luto y el respeto hacen de la noche del Santo Entierro un espectáculo, un milagro, que culmina con San Juan abriéndole paso a la Soledad para que los cartageneros no la dejen sola, la colmen de pétalos de flores y le susurran la Salve, antes de que el entregado piquete de Infantería de Marina le rinda honores y la obsequie con el himno de España, con los aplausos del público como un instrumento más.

El timbre del trono lo sacó de su hipnosis, le rezó a su Santa y se giró para agacharse y meter el hombro. Lo elevó con ímpetu al segundo ‘riiiinnng’ y siguió marcando el paso con una nueva respuesta en sus pensamientos para su hija: «La luna se enciende porque es el sol de los marrajos».

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