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De la alegría morada al luto

La Mañana de Salzillo vuelve a llenar el Viernes Santo murciano de un entusiasmo huertano y nazareno que, por la tarde, se transforma en recogimiento con el Sepulcro y la Misericordia, que unen sus recorridos

Un artículo de Ana Lucas

Cuando, ya de regreso a su iglesia, la procesión de Los Salzillos pasa por la calle San Nicolás, la estrechez de la vía obliga tanto al público de la única fila de sillas que cabe a levantarse como a los estantes a hacer virguerías para encajar el paso. Y, como las maniobras siempre salen bien, el respetable estalla en aplausos.

Antes, la hermosura de este museo viviente en la calle (como ya es tradición llamar a La Mañana de Salzillo) había desparramado su esplendor en el centro de la ciudad. La del Viernes Santo por la mañana es la única procesión de la Región declarada Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter inmaterial. Esto fue aprobado en Consejo de Gobierno en 2015. Miles de murcianos y visitantes se echaron a la calle, en un día en el que la meteorología se puso de parte de los nazarenos morados y no llovió. «Abran las puertas, procesión a la calle», pronunció el presidente de la cofradía. Y de la Iglesia de Jesús partió el desfile.

Abre el cortejo la grandiosidad de La Cena. Junto al cordero de plato principal, frutas y hortalizas de la huerta murciana. Naranjas, lechugas y peros, además de piñas y sandías, adornan la mesa en la que todos los apóstoles (menos uno, que lo sabe, y otro, que duerme) se sorprenden al anunciar Jesús que uno de ellos le traicionará.

Después, La Oración del Huerto. «El más bonito que hay, que lo he visto toda la vida en la tele y este año es la primera vez que lo veo de verdad», comentaba Elena, de 19 años, de Caravaca de la Cruz y que ahora estudia en Murcia. El Ángel de La Oración (cuya palmera llevaba dátiles de Lorquí) guía el camino de un montón de nazarenos con calcetines de ‘güertanos’ y de las otras joyas escultóricas que salieron de las manos del maestro del siglo XVIII: El Prendimiento, Los Azotes, La Verónica y La Caída. A continuación, el único que no es de Salzillo y, sin embargo, es titular de la procesión: Nuestro Padre Jesús Nazareno. Es la hermandad más sobria. La mayoría de sus penitentes van descalzos y no dan caramelos. Este año, el paso llevaba un embojo (conjunto de ramas que se pone a los gusanos de seda para que hilen) donado por la Cofradía del Perdón de La Alberca. Detrás, San Juan y La Dolorosa. Cuatro ángeles, tan sufrientes como ella, y cuatro adornos redondos de flores rosas tratan de dar consuelo a la Madre de Dios, que extiende las palmas de las manos al firmamento en busca de una respuesta. La Dolorosa, coronada de estrellas, es la última que pasa. «No hace falta ser creyente para emocionarse con estas cosas», dice una señora a otra, que se santigua al paso de la Virgen.

 

#LaMañanadeSalzillo fue ese día tendencia en Twitter a nivel nacional, al igual que #MadrugáSevillana y #Viernes Santo. A la altura de Belluga, el cantaor Curro Piñaña tuvo a bien dedicar sendas saetas al Nazareno y a La Dolorosa. Desde el balcón del Palacio Episcopal, el obispo, José Manuel Lorca Planes, bendijo los nueves pasos del desfile pasional. La Brigada Paracaidista, como es habitual, cerró el cortejo, con su desfile justo detrás de La Dolorosa. Y, al acabar la procesión, ipso facto se pusieron manos a la obra los servicios de limpieza para dejar las calles como una patena.

La fiesta de la mañana se volvió recogimiento por la tarde, momento de Servitas y El Santo Sepulcro. Ambas salieron de San Bartolomé. En la primera destaca el paso de María Santísima de Las Angustias, que también es de Salzillo, y en la segunda brilla, sobre un lecho de flores rojas, el Cristo de Santa Clara La Real, que sólo se puede ver en Semana Santa, pues durante el año está con las monjas. Se unió al cortejo la procesión de la Misericordia, con cuatro pasos más. Uno de ellos, el Cristo, de pequeño tamaño, que Domingo Beltrán hizo allá por 1581. Belluga fue escenario de uno de los encuentros más celebrados de la Semana Santa murciana. Al filo de la medianoche, vuelta al templo.

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